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Cuando un ave ama a un tigre

Cuando un ave ama a un tigre

Algunos posts, como este, tengo la dicha de escribirlos en el momento que el sentimiento está a flor de piel. Otros los debo escribir sólo como un codificado y analizado recuerdo. Que diferente es la visión de algo después que se ha digerido y absorbido por la piel y el entendimiento. Esto lo escribí un día después de salir de New Mexico. Y me sorprende leerme, no recordaba nada de lo que había en este texto. Ese post fue lo que la Ileanna de hoy entiende como el resultado de este momento en el tiempo, después de haber andado seis meses de peregrinaje. Sin embargo, eso no lo podía haber sabido para el momento que escribí éste. Poder leer ahora en estas líneas, lo que este ejercicio de meditación provocó en mí, ya desde la distancia y claridad que sólo ofrece el tiempo, me deja claro lo importante que es no sólo meditar, el perdón, las gracias y el dejar ir, pero lo trascendental que es escribir como herramienta de crecimiento personal.

Cuando me despedí de New Mexico, como leerán a continuación, lo hice sin querer hacerlo, como me ha pasado tantas veces en mi vida. Salí de casa y paré en la vieja estación de gasolina, que se encontraba a pocas millas, para dejar el carro listo. Me pareció tan linda, tan de película, la gasolinera, con su restaurantito de madera, como la casa de la pradera. Su dueña me cobró y yo salí a llenar el tanque de Frijolito con gasolina. Por alguna razón que no recuerdo ahora, volví adentro antes de partir. Al regresar, me monté en el carro, lo encendí, y arranqué… arranqué con la manguera de gasolina aún en el tanque… Y sí, ¡¡¡la rompí!!! Ok, eso jamás me había pasado antes. Fue terrible ver salir a la dueña corriendo y agarrarse la cabeza, cuando vio una de sus dos únicas mangueras, rota. Gracias a Dios parecía tener arreglo, y la señora, quien ni siquiera se enojó, me dio las gracias por devolverme y tratar de ayudar, y me mandó con palabras de aliento a seguir la vía. Y así salí de allí rumbo a otras tierras; pero primero volvamos a ese día y veamos que vivía la Ileanna de ayer.  ¡Cómo puede cambiar la vida en un día!

Los abracé para despedirme y la voz se me quedó trabada en algún lugar entre el corazón y la tráquea. Una gente que, hasta hacía una semana, sólo conocía como el hermano del esposo de mi mamá, de pronto me regalaron el calor de familia que tanto necesitaba. No quería salir de allí, era un nido seguro y tibio. Esas montañas que cada mañana te daban los buenos días con una sonrisa de niña pícara que sabe cuánto las admiras. Y si no, salían los venados a hacerlo, o los Correcaminos jugando con la gata que se llama Gata, o las mulas y los caballos haciendo el llamado matutino para dejarse querer. Todo tan básico, todo tan simple, todo tan cercano a la esencia de lo que busco, de lo que añoro, consiguiéndole finalmente razón a mi eterna nostalgia.​​

Cada día que pasaba allí, mi necesidad de contacto con el mundo exterior se encogía como Alicia en un país lleno de maravillas. Los dos días que había planeado, una vez más, se estiraron a siete. El conectarme con los de afuera me hacía gracia el oír sus penurias carnales y dolorosas, las mismas que habían sido las mías hace 10 días,  y las que, quizá, serán, fuera de esta burbuja, de este momento en el tiempo, en mi tiempo. Sus conversaciones  me llevaban antes de tiempo adonde debía volver, tarde o temprano, y no estaba lista… ¡y aún no lo estoy!. La incertidumbre, el egoísmo, la mentira, el poder, la carrera continua de llegar a no sé dónde, no llama a mi puerta aún. Y me transporta al recuerdo melancólico de otro viaje, en otra época, pero sintiendo la misma pena, en el asiento de atrás de una camioneta rumbo al aeropuerto de New Delhi, India, para volar de vuelta a mi hogar que, en su entonces, era Los Ángeles. Después de cinco meses de introspección, Ganges cuesta arriba y Ganges cuesta abajo, los sollozos por mi partida eran incontrolables. Lloraba porque dejaba la simpleza de una vida donde solo posees una mochila, donde no importa lo que tienes sino lo que eres, lo que piensas, lo que buscas, lo que compartes, lo que encuentras. Donde sólo batallas con tus demonios, y no con los de la humanidad entera sin más que una metralleta. Hay tanto ruido allá afuera, que mi voz es inaudible e incomprensible, aún siendo la que esté más cerca.

Aquí, en esta montaña, el silencio es eterno y cálido, huele a campo en el rocío, un silencio dulce y amigo. Y no estoy sola, la casa es alegre, y todos compartimos. Sin embargo, es un silencio que nace de la quietud de almas que han aprendido el poder de la simpleza. ¿Quizá es porque ya todos se han dado el permiso de simplemente vivir porque es esa la época que les toca a los retirados? ¿Será que mi alma se quiere retirar antes de tiempo? ¿O será que lo tenemos todo mal comprendido? Vivimos en un tumulto avasallador como en la estación de tren en Agra, y no es sino hasta cuando nuestro pelo se ha tornado gris, si es que aún queda algo de ello, que entendemos que nunca iba por allí el camino al éxito.

Salir de Mimbres fue difícil… muy difícil, más bien una obligación. Y lloré por mí, por no saber cómo vivir dentro de un mundo que cada día veo más entre neblinas. Lloré porque en cada partida dejo un pedazo de quien fui hasta hace diez días. Lloré porque, desde que arranqué en esta aventura, hasta el mundo exterior ha dado un vuelco muy incierto. Un payaso electo Presidente de la nación más poderosa del mundo, y un bufón que por fin deja en “libertad” hipotética a una pequeña isla, marcando el cierre de una época y el ascenso de otra. Lloré, porque, cada kilómetro rodado, va dejando atrás una página más del cuento que un día tú y yo nos contamos. Como dejando prenda tras prenda atrás para llegar desnuda y desprendida a la meta final.

El día era uno de esos días de invierno de colores melancólicos, y puse mi libro favorito como compañía: Eat, Pray, Love. Si Elizabeth Gilbert supiera cuántas veces me lo he leído u oído, y cuánto su experiencia me ha ayudado en los momentos más difíciles de mi vida, seguro sería mi amiga. Escuchar su historia, siempre tan familiar, me regala soluciones inesperadas a mis pequeños enigmas. Y así de pronto, casi siguiendo una meditación guiada por su voz, te llevé conmigo hasta el techo de un edificio que una vez visité en un país muy lejano en medio de otro desierto, y de la mano vimos el atardecer de otro cielo melancólico y colorido, de la mano nos reconocimos. De la mano divisamos los senderos divergentes por donde desde ahora andaríamos, y, con amor, en un abrazo que pareció eterno, nos dimos las gracias por lo aprendido. Reconocimos en nuestros ojos que sí éramos, al final del cuento, almas gemelas, pero no la de las historias de hadas sino de las verdaderas. Dos reflejos tan diferentes y exactos a la vez, dos almas que tenían que encontrarse porque así siempre tuvo que ser, porque sólo en nuestro encuentro estas dos almas aprenderían el para qué de esta vida.

Esa es la verdadera alma gemela, la que te pega, te duele, te lastima. Metafóricamente, no hablo de violencia doméstica. Es un alma que te divide entre un antes y un después, la que te opera a corazón abierto para que la luz pueda conseguir cabida entre tanta maraña. La que te deja en cero para que construyas la casa que de verdad soñabas. La que te hace dudar hasta de aquello que por tu muerte jurabas, haciéndote reestructurar hasta tu escala de valores y creencias. Tu alma gemela no es con la que andas dulcemente por la orilla del mar, sino la que te revuelca en las más altas olas y te hace tragar toda la arena, mostrándote, al salir ilesa, tu propio poder de sobrevivencia y expansión. ¿Pretendes ahora querer quedarte con ella por siempre? — ¡Ni de vergaaaaa! —  dice mi alma de contundente y sin pensarlo. El alma gemela viene a completarte, pero no por ser ella la pieza extraviada tuya, ella sólo te refleja esa otra mitad tuya que permanecía dormida y escondida a tus ojos. La zarandea, le da tres cachetadas, la pone en acción y, como vino, se va. Ha venido a ti para cumplir su misión y seguir su camino, no para crecer vieja contigo. Vino a enseñarte una vez más, por si aún no lo habías comprendido, que nada es para siempre, solo rentado por un ratico.

Entonces en ese techo te di las gracias por el terremoto infalible y apoteósicamente revolucionario que fue este encuentro de dos años y medio. Por las cenizas que hoy recojo para reconstruir con bases más reales a mi nuevo ser, te doy las gracias. Por partirme a la mitad con hacha, martillo y cincel, exponiendo mi alma al sol y creando nueva piel, de nuevo te doy las gracias. Por este viaje de vuelta a mí, pero la “mí” que ni conocía, millones de gracias eternas. En ese techo tú también lo hiciste, me diste tus gracias y tus “lo siento” me diste tu amor más puro y sincero, todo en el mayor de los silencios. Solo hablaron las manos… los abrazos… los ojos, porque sólo ellos conocen el lenguaje de lo eterno.  Nos dimos el adiós que no nos dimos… y allí, en, desde ese techo volaste, y desde ese techo corrí, un ave y un tigre que finalmente andaban en sus carreteras respectivas con su nueva piel y plumaje hacia vida desconocida.

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