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¿Pero cómo terminaste en Bali? – Parte 2

¿Pero cómo terminaste en Bali? – Parte 2

La historia de ese viaje a la madre India, que les comentaba en la Parte 1 de este escrito, es muy larga y la dejaremos para otros dias. Pero les cuento que fueron cinco meses llenos de aprendizajes y aventuras, que culminó en enero del 2009 de vuelta a L.A., solo con tiempo suficiente para empacar y decirle adiós a la ciudad que había sido mi hogar por los últimos diez años. Realmente era más bien un hasta luego que duro muchos más años de lo que en un comienzo había planeado. En agosto de ese mismo año estaba yo ya instalada en España, país que sería mi hogar por lo próximos cuatro años. Así que ya yo había hecho mi Come y Reza, por ende me faltaba el ¡Ama! Y es allí donde viene la importancia de este viaje.

No, no seguí el libro como una receta de cocina, ni fue mi Biblia. Sólo me llegó en un momento crucial como una chispa que me incitó a seguir mi sueño. Viví muchas cosas similares y muchas que en nada se parecieron a la aventura de Mrs Gilbert, especialmente, que para nada pasé ni medio día de celibato autoimpuesto, como es de esperarse, ya que mi aventura iba por los seis años. Yo había vivido, rezado, comido, amado y disfrutado todo lo que estaba escrito y por escribir. Pero Bali para mi se había convertido en un puerto final, un cierre de una temporada, y la apertura a otra, algo así como la conclusión de un peregrinaje. Así que decidí que era allí donde pasaría mi cumpleaños número cuarenta, porque, ¿qué más significativo que llegar al cuarto piso?

Hablé, ahorré y planeé de y para este viaje por años. Puntos para el pasaje, dinero para mis gastos; pasé cuatro años obsesionada con ello. Cuando Telemundo me ofreció un contrato maravilloso de trabajo como Productora de Contenido Original en Miami lo tome bajo la condición que me dieran los 25 días para poder hacer mi viaje que ya tenía planeado, arriesgándome a perder el puesto. Si, así era de importante ese viaje para mí… Y mira que la vida también lo pensaba, por que accedieron en darme los días completos. Que poco sabía entonces que el Ama iba a ser lo que justamente retrasaría unos cuantos años más mi llegada a este puerto.

Cuando creí yo que ya me tocaba una jugosa remuneración por mis años de good behavior, por todo lo aprendido, por lo ilusoriamente “sabía” que creía me había vuelto, y toda esa paja que una misma se cree sólo porque fue capaz de coger sus peroles e irse a recorrer nuevos mundos, meterse a meditar por días, estudiar con un barbudo, ir a terapia, dar clases a niños de colegios rurales, y después hartarse de toda la paella y el vino de España… ¡me enamoré! No que enamorarse sea malo, para nada, amar ha sido mi razón de vida, pero es el cuándo, cómo, y dónde al que debemos estar atentos. Que el corazón no sabe de eso me parece genial, pero resulta que la cabeza sí, por lo menos mi cabeza ya era un poquito más consciente que antes, creía yo. Pero no, la verdad, mi verdad fue que me enamore, sincera, pero no ciega, ni locamente, era más bien como se quiere a alguien que has amado toda la vida, y se supone que debes amar sin siquiera saber ni por qué. Como algo que está escrito, un karma que pagar o un dharma que aprender. Es como que la vida me estaba preparando para este momento, pero al mismo tiempo era como un examen final. Fue así como de cuento, de eso que volteaste y sentiste de pronto un flechazo que aun puedo revivirlo en mi cuerpo tan vivamente como si fuese ayer. Es como las mujeres que dicen saber exactamente en el momento que quedaron embarazadas porque tuvieron una sensación física muy particular, bueno algo así fue. Algo así nunca me había pasado. Lo que lo hacía más extraño aún, es que los flechazos normalmente pasan con desconocidos, no con alguien que tiene años en tu vida. Un flechazo con una persona que ni en los más locos sueños se me hubiese imaginado amar. Pero, así fue, me enamoré de una manera absoluta, abierta, sin agenda, bondadosa y entregada; creí que tenía tanto para dar; y por lo menos por el primer año y medio fue así, después… Bueno, esa no es la parte de la historia que estamos contando ahora.

Me sentía tan llena, tan bien conmigo misma, encaminada en una nueva carrera, una casita divina acabada de decorar, un nuevo carro, una ciudad que me trataba bien, amigos geniales, de verdad mi vida había dado un vuelco en un año que era increíble, y poco tenía de qué quejarme. Fue en ese espacio que ella me encontró, y yo la encontré a ella. Pero, ¿y ella? ¿Estaba ella en el espacio apropiado para amarme de vuelta? Egoístamente solo me importo como estaba yo, que podía ofrecer yo, e ilusamente pensé que eso sería suficiente. No medí las consecuencias ni valoré qué pasaría cuando dije sí a abandonar el espacio que apoyaba mi estabilidad física, mental y económica, que no era otra cosa que el reflejo de mi estado interior, pero que al mismo tiempo me ofrecía un espacio seguro para seguir avanzando en un camino que apenas comenzaba a pavimentar. Viéndolo hoy desde fuera, era como el break que la vida me estaba dando para conseguir muchas metas en mi vida con un poquito más de gracia, pero en ese momento ni lo vi. No medí ni media consecuencia, no escuche mi voz interior, es más, la escuche y le dije – “calla tonta, tu que sabes de amar” –, decidí cegarme y como una teenager inconsciente me lancé y le devolví a la vida todos sus regalos para solo vivir ese momento con ella. Menosprecié cada uno de mis esfuerzos que me llevaron hasta donde había llegado solo porque pensé que yo tenía todo y más para hacerla feliz, hacernos felices, ¡vaya tamaño de ego! Al final de la historia, no sólo no la hice feliz, pero con mi inconsciencia destruí a la mujer de la quien ella se había enamorado, y la mujer que me había costado tanto trabajo levantar. A veces me pregunto, ¿qué hubiese pasado si lo hubiéramos hecho con más calma, con más conciencia y menos necesidad?

Lo hacemos, y lo volvemos hacer, y a veces somos conscientes mientras lo estamos haciendo, y lo vemos como una película frente a nuestros ojos, pero no podemos parar. Es como saber que viene el tren y no poder frenar a tiempo; tener el trago al frente y no poder contenerte; la raya que te da un amigo y no poder decir que no, es todo lo mismo. Nuestros hábitos, nuestros malos hábitos, funcionan como las adicciones. Primero no vemos el problema, luego entendemos que si lo hay, luego decidimos hacer algo para cambiarlo, luego trabajamos en él, y cuando mas o menos tenemos algo de control en el asunto nos confiamos, y ahí caemos de nuevo, y muchas veces no es hasta que tocamos fondo que conseguimos hacer cambios radicales… y a veces nos toca tocar varios fondos antes de decir: “¡hasta aquí!” Creemos que es romántico, que el amor debe de ser así, loco, espontáneo, descontrolado, dejarlo todo porque ¿qué puede ser más importante? A los 15 vale, a los 20 bien, pero ya empieza una etapa en que cada error pesa, y cada año cuenta, y que ya no estamos para estar comenzando de cero por lecciones que ya creíamos haber aprendido. El amor toma mucho más que solo amar, yo hasta el día de hoy jamás he dejado o terminado con alguien que haya amado, por falta de amor. Y no es que piense que no debemos amar con entrega, todo lo contrario, pero es saber medir las consecuencias de nuestros actos y los pasos que damos, porque mientras más grandes estamos el precio a pagar es más caro, la caída más profunda, y el fondo que me hizo tocar este amor fue sin duda el más duro. No fue un fondo de amor infantil, de esos de “me corto las venas porque no estás conmigo”. Sino un fondo de “me corto las venas por, a conciencia, haberme perdido en el camino”.

A los seis meses de enamorarme, el glorioso día de mis cuarenta llegaba, y con el mi famoso, esperado, planeado y prometido viaje a Bali. Me enamoré de otra y me desenamoré de mí, olvidando la cita tan importante que tenía conmigo misma. Puse las necesidades y posibilidades del otro antes que las más importantes, las mías. El otro no hizo más que proponer un cambio de planes según sus posibilidades y circunstancias, pero fui yo la que me traicione a mí misma, y así di pie a una constante que solo empeoraría con el tiempo y la confianza. Nadie me metió la aguja en la vena, yo solita tomé la jeringa que me ofrecían y volé… y ¡Dios como volé! Dos años y medio después, cuando finalmente parecía que quizá podría venir un intento de hacer las cosas bien y retomar mi promesa junto con la persona amada, volví a caer en el juego de tú antes que yo, y gasté casi cada centavo guardado por años en un destino hermoso, pero que seguía sin ser el mío, ni mucho menos mi promesa a mí.

Todo este preámbulo lo hago con la intención de tratar de explicar lo que la voz de desaprobación de mi mamá significaba para mí, y que Bali no era solo un capricho o una locura, sino el puerto desde donde debía zarpar hacia una nueva vida. No tenía casa, trabajo, dinero, no tenía un plan, una dirección, una idea. Por muy caótica que mi vida les parezca a los otros desde fuera, la verdad es que yo siempre tengo mínimo tres planes andando en mi cabeza. Por muy saltamontes que crean que soy, siempre he ido tranquila, por lo seguro. A España me fui con trabajo, a la India con dinero que me entraba todos los meses, y una cuenta que lo podía sustentar, y así muchas otras de mis hazañas han sido planeadas y pensadas, aunque parezca lo contrario.  Pero esto no, este viaje lo hacía en el mejor de los peores momentos, pero con una extraña convicción que ahora sí había llegado la hora, ahora sí era el cierre de época, de etapa, de un ciclo de vida, el puerto final de la historia que empezaría ocho años atrás. Y es así como en la 10 East, un cuatro de Noviembre, camino a Louisiana, bajo una terrible tormenta, llame a American Airlines para que me llevara de vuelta a donde me dejé, como una máquina del tiempo.

Milagrosamente conseguí un boleto que pagaría con todos esos puntos que había ahorrado por años, y aun así lo puse en reserva por 24 hrs para darme tiempo de pensarlo un día más. Entre tanto me metí en Airbnb a buscar donde quedarme, y fue allí cuando no dudé más. Un apartamento que tenía la mesa perfecta, con la vista perfecta para escribir todas estas líneas lo hicieron. A eso siempre fue que quise llegar aquí, esa siempre fue la misión, escribir, pensé. Y sin dudarlo más, le avise a mi mamá que una vez más, no llegaría para navidades. Mi viaje a casa aún no había concluido, y esta era la parada obligatoria antes de continuar.

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