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¿Pero cómo terminaste en Bali?

¿Pero cómo terminaste en Bali?

Y he aquí la respuesta a la pregunta que he oído sin parar en los últimos años…

– Mamá, ¡¡mira mi casa por un mes!! – Emocionada y un poco asustada, le envié un Whatsapp a mi mamá con unas fotos de un lugar paradisíaco.

– ¡Que bello!, ¿dónde es eso? –  preguntó.

– Bali – respondí. Se rió. Ella sabe que vengo con el -tiquis miquis- de irme a Bali desde hace ocho años, y por lo menos seis ahorrando para hacerlo. Pero claro, no pensó que ésta vez hablaba en serio.

– Ma, I’m sorry pero no llego para navidad, (y no es que yo llegue para navidad, pero este año ella tenía la esperanza de que sí lo haría). De su boca solo conseguí escuchar un – Ajá –. Proseguí a contarle como metralleta tratando de sacarle alguna reacción más parecida a ella; que había conseguido el pasaje con mis puntos, lo barato de la casa, etc… Pero ella solo contestaba con monosílabos. Mi mamá es un ser muy efusivo, y cuando algo la hace feliz tu te enteras, pero cuando no, también te enteras por su silencio… y esto definitivamente no la estaba haciendo feliz, así que la llamé.

– ¡Maaa! ¡Me voy a Bali finalmente! ¿No te alegras? – le dije.

Mi mamá es de esas pocas madres que no te hacen sentir culpable, que te dejan vivir tu vida, la tuya, la que tu diseñaste, buena o mala, y no matter what, siempre está allí para apoyarte en lo que decidas. Nunca ha tratado que yo sea lo que no soy, no da consejos que no sean pedidos. No te dice que no le gusta con quién estás, hasta que la persona no está más en tu vida. Es de esas que mientras tu estés happy ella está happy, y que, si alguien te hace sufrir, sin pregunta alguna se vuelve su peor enemigo… al menos que como siempre hago, la contengas… Pero si te hacen feliz again, pues bienvenido será. Yo sé que dicen que todas las madres aman incondicionalmente, pero yo no creo eso, yo veo como otras madres usan la culpa para manipular la vida de sus hijos, o le traspasan sus miedos, o los quieren proteger tanto que los hijos terminan capados de su libertad, o les exigen seguir cierto camino sin respetar los deseos y sueños de su prole. Mi mamá no me pide explicaciones, ni me exige nada que yo no quiera dar. Ella me ha dejado ser, desde chiquita, con límites y guía, pero siempre confió en mí y me dejó crear mi camino. Quizá de pequeña debió haber sido un poco más exigente en que tuviese más constancia, quizá eso me hubiese ahorrado algunos problemas en la adultez, pero nadie es perfecto.

Mi mamá es de las que me diría, aún que no tenga con qué, ¿“necesitas que te ayude con algo para el viaje?” Quizá porque sabe que casi siempre la respuesta es “No, má!. Gracias”, pero preguntaría. Ahora mi mamá no estaba haciendo nada de eso y, por primera vez me sentí culpable de no ir a casa por Christmas. Además, generalmente nunca pido permiso o consejo, pero cuando a mi mamá no le gusta algo, me preocupo. No sé si es por aquel dicho -que las madres siempre tienen la razón-  ó si dentro de mí me es muy importante que mi mamá apoye mis a veces muy descabelladas decisiones; pero lo que sí sé es que su reacción me hizo pensar por un minuto que quizá había tomado la decisión equivocada una vez más, y yo no estaba en ese momento para más errores.

Hay que entender que un día yo estaba en un road trip, manejando desde Los Angeles camino casa – llámese casa donde mamá esté, en este caso Miami –. Ya llevaba tres semanas, y conociéndome, si se le pasó por la mente la posibilidad de que me quedara por el camino, pero esto de Bali la tomó de sorpresa. Para ser justos, no fue algo que yo pensara, hasta casi cuando iba poren Louisiana.

No todos los viajes son por placer y diversión. Si soy honesta, esos son los viajes que menos me interesan y tienden a ser los menos memorables. Son esos viajes que he hecho con el propósito de callar el ruido externo y tener tiempo de escucharme a mí, o al dios que hay dentro de mí, los que realmente busco vivir.  Para poder expresar lo que éste viaje significaba en mi vida tendríamos que remontarnos al año 2008. Mi obsesión con Bali comenzó… Ok… si, lo confieso, tiene todo que ver con Elizabeth Gilbert, y su pequeño Best Seller: Come Reza Ama.

Ese año andaba yo como USA y su primera campaña electoral donde se disputaban un Afroamericano y una mujer, la corona del partido Demócrata, en crisis existencial. Digamos que vivía una crisis de los 40 tempranera, tratando de buscar el significado a mi vida, o por lo menos una mejor manera de vivirla que fuese más coherente con la “mi” en la que me estaba convirtiendo. Me había divorciado hacía tres años y todavía tenía el alma en carne medium rare, sin haber podido superar por completo la pérdida de alguien que decidió tomar otro camino cuando yo aún lo amaba con locura. Andaba en un sí y un no con un hombre maravilloso al que no estaba lista para amar completamente porque nunca había dado espacio para sanar mi divorcio -andaba más herida que perro e’ carretera- y que, en toda justicia, él tampoco lo estaba; pero éramos tan conscientes de tanto potencial que lo seguíamos intentando. Él era mi versión masculina, y quererme a mí misma, aunque fuese extenuante, me gustaba, y a la vez me enervaba casi tanto como la misma crisis que llevaba por dentro.

Mis ya casi diez años en L.A., batallando con mi carrera como actriz, me había dado unas cuantas satisfacciones, y durante los últimos años había incluso logrado vivir solo de ello (gran logro para todo el que conozca la movida en L.A.). Pero el duro negocio del entretenimiento, había logrado cubrirme con el manto del miedo al fracaso, con el mal sabor de la injusticia, con la angustia de la inestabilidad eterna, poco a poco transformando mi visión, mi intención, mis sueños y mis ganas de seguir dedicando cada segundo de mi vida a esa carrera, a un amor/odio que todavía no terminaba de domar o entender qué hacer con él. Además, ya llevaba unos seis años metiéndome más y más en el mundo del yoga, explorando mi mente y corazón en formas que no había hecho anteriormente, y no estaba segura que era lo que tenía que cambiar, pero estaba segura que necesitaba moverme, cambiar el rumbo, shake my life a little.

Hacía un año había decidido mudarme a Madrid, quería volver a estar en una cultura que apreciaba las pequeñas cosas de la vida. Yo sentía que, en el trajín de acumular, lograr, obtener, brillar, llegar, me habían borrado del ADN el goce a simplemente vivir, algo tan integrado en la sociedad donde crecí. El mismo chico maravilloso y yo hicimos planes de hacerlo juntos, irnos a probar suerte en la madre patria, pero aún nada se materializaba, y yo solo estaba matando tiempo mientras esperaba la respuesta de una solicitud de visa que había introducido que se tardaba un mundo en llegar.

Entre tanto, iba religiosamente al Golden Temple a mis clases de yoga como quien va a misa, esperando que en una de mis idas ocurriera un milagro. Hasta que un día llegó a la escuela un Gurú que venía de un pueblo remoto en la India. Al terminar su charla, nos invitó a todos a visitar su ashram en un viaje que organizaría la escuela. Tomé la información porque me pareció maravillosa la idea de pasar una época en India, en un ashram con un barbudo de toga naranja.

Desde comienzo de año, varias amigas que sabían de mi crisis, inquietudes y mis futuros planes, me estaban dando la lata que debía leer un libro porque según ellas, era igualito a mí. En el mes de Abril, durante mi fiesta de grado, una de ellas me regaló finalmente el famoso Best Seller, y fue así que Mrs. Gilbert story llegó a mis manos.  No puedo decir que éste libro, el cual cabe destacar he leído unas ocho veces, “me cambió la vida”, porque eso sería decir que me hizo hacer algo con lo que nunca siquiera había soñado. Pero lo que sí hizo fue validar mis locos deseos de sacudir profundamente mi cómoda zona de confort. Saber que había alguien más que había sentido lo mismo que yo, que había tenido situaciones similares, y que buscaba solucionar sus inquietudes con un antídoto similar, me motivó, me alentó y me inspiró a dejar de esperar. Así que el cinco de Septiembre del 2008 estaba en un avión rumbo a India a vivir en el ashram del barbudo, y enamorarme loca y perdidamente de ese intrínseco país.

¡Continuara… en la segunda parte!

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