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Village Living Marroco
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«Estoy puñeteramente perdida, sin rumbo, paralizada y no veo la luz para dar mi próximo paso»… ¿Quién no ha estado allí, no una, ni dos, sino incontables veces? Es un lugar de miedo, de ¡terror!, ese momento en el que tienes que asumir de una buena vez que ese montón de planes no se van a dar (al menos no como, cuando o con quien los soñaste).

ESA inversión que fracasó

Ves que tu inversión UNA VEZ MÁS se fue a la porra, esa a la que sin importar si le pusiste cada centímetro de ti no hay manera de que salga curva derecha. Sí, sí, esa misma inversión a la que le diste todo: tiempo, amor, dinero, dedicación, entrega… Y, además de que tienes que lidiar con el fracaso, también debes sobrellevar digna y honrosamente la crítica e incluso la falta de reconocimiento por tu esfuerzo (cuando el proyecto es con alguien más). Sí, yo sé lo que es eso.

Entonces, cuando no queda más a que darle la vuelta, porque ya se las diste todas, tomas una decisión inteligente: cambiar de perspectiva, de punto de vista, ¡mover las energías! Algunos lo hacen limpiando la casa, sacando ropa del closet, metiéndose en una clase, o hasta se mudan de barrio. ¿Yo? Yo viajo, y viajo sola. ¡Y viajo sola al lugar más lejos que pueda conseguir!

Viajo para y viajo porque

No viajo para conocer un lugar, la verdad viajo para que en un lugar desconocido pueda encontrarle de nuevo sentido a la vida. Viajo para que lo ordinario se vuelva extraordinario. Viajo porque es la terapia más dinámica y segura que existe. Viajo porque ver el mundo de otros me hace sentir menos sola, porque me recuerda que somos solo uno y porque me devuelve la curiosidad. Y viajo sola porque a falta de la opinión y necesidades de otros, puedo escuchar de nuevo las mías propias. Viajo para perderme y para recuperarme.

Yo viajo para aprender de qué estoy hecha y descubrir con cada viaje una nueva capa escondida. Yo viajo para entender, aprender, y sentir. ¡Yo viajo con propósito!

Mi primer viaje a la vida

Cuando tenía 14 años mi mamá me mandó sola en un crucero por el Caribe… Sí, leíste bien, SOLA. No, no era un tour de quinceañeras; como lo leíste: sola. Mi primo me llevó al barco, y me dejó allí, entre asustada y feliz. 

Tenía mi propio camarote, ¡era la dueña de mis días y mi tiempo!… y hasta de una lectura muy poco apropiada para mi edad (porque de alguna manera inexplicable terminé con el libro 9 semanas y media como compañero de viaje). Ese viaje ―aparte de enseñarme la locura del sexo menos rosa (sólo por aquello del libro)― me enseñó mucho más de mí y del mundo que todos mis años de escuela y matemáticas fallidas. 

Ese viaje me enseñó que era sociable, valiente, cuidadosa, juiciosa, que la noche no es lo mío, que ningún hombre podía engatusarme para hacer lo que yo no pensaba que era lo correcto (ni siquiera el guapo oficial vestidito de blanco que insistía en conquistarme). Me enteré de que en su lugar me atraían los tipos sensibles y respetuosos, como uno de los bailarines del teatro, con quien me encontraba en la biblioteca para hablar y robarnos un par de besitos. 

Me enteré de que nunca estaría sola si no quería porque en dos días ya me había conseguido una familia putativa que me adoptó todo el trayecto. Me enseñó que mi mamá me había criado bien. A ese viaje se fue una niña disque tímida y volvió una señorita que sabía qué podía enfrentar el mundo. Por muy loco que pueda sonar, ¿alguien puede pensar en mejor regalo de 15 años? 

Y ese fue el comienzo de un sin fin de viajes

…De mudanzas a otros continentes, de descubrimientos de afuera hacia adentro. De amistades de cualquier lugar del mundo, de aprender que hay más cosas que nos unen que lo que nos separa, aunque nos empeñemos en lo contrario. Viajar sola me ha expandido como ser humano, como profesional y como mujer. Viajar sola me ha mostrado mi grandeza, mi fuerza, ha iluminado el camino a mi próximo paso, me ha llenado de amor por la naturaleza, y por las culturas, y en esos momentos oscuros de la vida, me ha devuelto la luz, la esperanza y la fe. Viajar sola me ha sanado. 

Sí, es verdad que se debe estar atenta y que unos buenos tips siempre ayudan (después te escribo otro post con eso), pero solo haciéndolo logras aprender a confiar en tu instinto, a seguir tus corazonadas, a lograr distinguir la gente buena de la mala y cuándo es el momento de confiar o de tener cien ojos. Es viajando sola como encontrarás las respuestas a muchos porqués.

Hoy en día los padres no confían en sus hijos y sus capacidades. Los vuelven dependientes, los inhabilitan para tomar decisiones propias y llegar a conclusiones. Metidos en una burbuja de cristal con las mejores intenciones, claro está, los limitan y restringen de conocer de qué son capaces pensando que ellos siempre estarán allí para resolverlo todo. Pero, ¿qué pasa si mañana ya no estás? La educación se vuelve obsesión y, entendible, una prioridad, pero ¿por qué no ofrecerles que descubran quiénes son antes de comprometerse en qué hacer el resto de sus días? 

Viaja sola pero con apoyo

Quizá soy loca (bueno, seguro que lo soy), pero viajar sola para mí es la medicina que cura las heridas y te conecta con el alma. No permitas que los miedos de otros se vuelvan los tuyos, e inténtalo… Pero si el miedo es tuyo y no de otro, y aun así quieres a aproximarte a algo parecido a hacerlo sola pero en compañía, ¡siempre me tendrás a mí para ayudarte a dar el primer paso a todo un mundo por recorrer! 

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