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—Mira hacia dentro —dijo mi mente.

—Shhht… —dijo mi corazón.

—Don’t shhht me! ¡Qué mires hacia dentro te digo! —insistió mi mente.

—¡No quiero! —respondió mi corazón.

—Pero toca, amigo, ¡nos tienes jodidos a ambos! —resongó mi mente.

—¡Peor es la otra opción! —le gritó mi corazón.

—¿Cuál?… ¿Ser honestos con lo que nos hace feliz?, ¿los que nos hace despertar agradecidos? —exasperada mi mente le gritó de vuelta.

—Yo despierto agradecido cada mañana de amar a una familia —susurró con rabia mi corazón.

—¿A qué precio? —le preguntó tajante mi mente.

—¡Shhhh! —casi en lágrimas insistió mi corazón.

Amar, familia, casa, planes… 

Todo eso había pero “yo”, ¡no! De eso ya poco quedaba y, por lo tanto, poco también de lo otro. De pronto miraba al espejo y era sólo una sombra, una silueta de mí, pero sin consistencia. Cómo llegué aquí es una historia que no viene al caso. Lo importante es que perderse no es atractivo ni para uno mismo.

 

Por más que despertara cada mañana y tratara de colorearme de vuelta, el papel escupía los colores de cera que pertenecían a la casa, pero no a mí. No eran los que le gustaba a mi papel, y los míos los había extraviado en alguna gaveta llena de otras cosas propias que tampoco lograba encontrar. Términos medios que nunca llegaban a ser mitad, sino tres cuartas partes. Un constante intento de adaptación, un nado incasable por llegar a una orilla, ¡la que fuese!, pero a una orilla donde poder respirar, donde poder bajarme de la bola de hámster, donde corría sin parar, sin saber exactamente a dónde ni por qué. Con el látigo en mi mano, me dije:

 

—¡Yo me traje hasta aquí, yo me saco de aquí! ¡Yo puedo ser todo eso y más, ya verás!

 

Y otro día más transcurría siendo quien no era y como disco rayado me repetía: «tú puedes serlo, con tan solo un poco más de paciencia», pero no fue así. El abismo solo se hacía más profundo con cada intento. Hasta que un día el arte me sacó de mi jaula perfecta y me llevó de vuelta al nido. Desde allí pude mirar todo desde fuera, con el recuerdo de quien había dejado atrás en esa tierra de agua salada; quizás a través de los ojos de otros, quizás un poco también con los míos, pero finalmente miré.

 

Podría haber seguido, insistido, peleado por un poco más de tiempo, a ver si lograba callar para siempre mis carencias, enterrar mis maneras, dominar mis demonios, y vivir austera de lo mío, pero “plena” de lo otro. Y de pronto, como chapuzón de agua fría, me di cuenta de que ni eso ya había; en este punto, lo otro también había sucumbido al abismo, austero de amor y lleno de miedo.

Le rogué a Dios que por una vez me hablara claramente

Sin señales, ni acertijos, sino así, concreto, como una aparición. Que alguien llegara y me dijera tres cosas que me dieran luz, que me iluminaran el sendero correcto. Yo estaba paralizada, tenía tanto miedo de otro error, de decidir al revés; había comprobado, para mi pesar, mi poco juicio al hacerlo. Y, señores, ¡llegó! Dios llegó a hablarme en la forma de un total desconocido, alguien que jamás había ni visto ni escuchado, ni siquiera por terceros hasta ese día. Después de desahogarme por un momento, mi querido desconocido se tomó el atrevimiento de dar un consejo que no le había pedido.

—¿Por qué no te tomas un par de meses para ti? —me aconsejó el desconocido.

—Porque es irresponsable —le respondí.

—¿Y no es más irresponsable seguir en la rueda del hámster sin pensar ni sentir, usando los pocos recursos que te quedan, económicos y emocionales, en lo que no te va a dar frutos, porque no tienes fuerzas de seguir sembrando? Cuando el agua vuelva a la calma, lo que ha de venir, vendrá. Invierte tu capital en un negocio que dé ganancias. ¿Qué tal en ti? —me dijo sonriente mientras veía al mar.

Llegué a casa con una paz que no había sentido en días, qué digo, ¡en meses! Supe, sin dudarlo, que Dios me había hablado. Sí, él nos habla si estamos atentos; él busca la manera si de verdad lo queremos. Reconocemos que es su voz, porque nos vuelve el alma al cuerpo, y sentimos de nuevo paz dentro de todo nuestro caos. Desde ese instante, no tomé ni una de las decisiones que vinieron por mí misma. Me gustaría darme todo el crédito, pero no fue así.

A veces uno necesita una ayudita para navegar la carretera de la vida, así que él y yo nos turnamos el volante por unos días. Y con su guía, terminé en el camino hacia mí misma. Angustiada de que fuese muy tarde y no me escuchara, grité: «¡Mí misma, espera!, ¡Ya llego al rescate!», y me aventé a la carretera 66, pero rodando en dirección contraria a la mayoría. Es tradición que los aventureros vayan del este al oeste en busca de oro, pero hoy yo voy west to east, ¡soñando con cocos!

En esa mañana de hasta luegos, me despidieron quienes menos lo esperaba. Mi amiga Fanny, que por alguna razón insistió en decirme adiós, desayunar conmigo, cuando jamás lo habíamos hecho. Se apareció con las palabras adecuadas, comió arepas, y, como vino, se fue, quizá como otra mensajera del universo. Y luego María llegó. ¡Ay, María! ¡Qué sabia es María! Abrió la puerta, miró todas mis maletas y, como quien siempre lo había esperado, me dijo con cara seria, tres cosas que llegaron con precisión de láser directo a mi alma, para luego seguir con sus quehaceres, como si sus palabras no hubiesen pasado de “buenos días señorita”. Me abrazó al partir, como sólo lo hacen las madres, y me remontó las fuerzas, porque de pronto las mías se habían escondido.

—¿Qué estás haciendo? —me pillé pensando en voz alta. Quizás deberías esperar, decir adiós, esas cosas que siempre dices, son de adultos, ¿no? ¡No! —callé a esa voz irreverente. A veces el silencio es la mejor estrategia para la felicidad, hasta la mutua. A veces los adioses son innecesarios. Así que salí y, sin pensarlo más, me monté en mi Fiat. Frijolito se quejaba sin parar:

—¡Hey! Yo soy un deportivo, no un pick up truck, ¡me tienes lleno de peroles!

—Shhht, Frijolito, te va a gustar la aventura, y en lo que lleguemos serás de nuevo un deportivo. Te mandaré al spa, ¡te lo prometo! —dudoso y callado, asintió.

—Let’s go then! —dije. Arizona, here we go!

Las vías abrieron paso, ni siquiera el tráfico retrasó mi llegada. Pasamos por Palm Springs y esos molinos de viento que siempre me hacen pensar en la llegada de Don Quijote… Pero hoy yo no era Dulcinea, hoy yo era Don Quijote, y peleaba mis molinos sola. Sí, ¡sola!, pero conmigo. Por primera vez en tres años conmigo, musicalizando el momento con country music por todo el camino, mi música, y tan sólo mi música.

Las montañas rocosas, el calor infernal, el teleférico la moda vintage mid-century y esos molinos de viento son los sellos de esa ciudad que lastimosamente hoy no tenía cabida en mi ruta. Unos minutos después, pasé el letrero de Joshua Tree y una cascada de emociones me zarandearon. Maravillosos momentos de cuando el west aún no estaba como dirección en el registro del DMV de Frijolito. Cuando era sólo un lugar que visitaba de nuevo después de mucho tiempo, como celebración sustituta de mi gran e importante cumpleaños. Así, sin más, ponía a un lado mi plan original para tan grande ocasión: un viaje a Bali que venía preparando por cuatro años, pero que hoy abandonaba por disfrutar el momento al lado de un nuevo amor, mucho más importante que cualquier plan conmigo misma, pensé.

El primer error de muchos que cometería

Aunque eso suene muy romántico (y lo fue), hoy puedo contar esa decisión como el primer error de muchos que cometería. Mi primera traición a mí misma. Error que pretendí cobrárselo al otro pero que en realidad fue sólo mío, así, sin más, sin más culpables que yo. Cuántas veces renuncié a mí por nosotros, cuando el “nosotros” no estaba del todo consumido. Traiciones que uno paga caro, y sin manera de culpar a nadie más. Simplemente me di cuenta de que ya hacía mucho que no me amaba a mí, y sin eso, amar nunca sería suficiente.  Subí la música y seguí de largo, pensando en esa primera semilla que sembré para abrirle paso a esta ruta que hoy tomo. Porque a veces hay que perderse para encontrase, como me diría una hermosa india americana en los días que estaban por venir. La magia de Joshua Tree no estaba escrita tampoco en mi ruta de hoy.

​​

La carretera casi mía me regaló una gama de cielos inconcebibles. Una parada aquí y otra allá para una foto, porque así lo quería, sin horario ni fecha en el calendario. Eso es lo maravilloso de andar solo: haces as you wish! Finalmente, después de cinco horas de carretera, fotos, música, llanto, risas y recuerdos:

 

Your destination is on your left! —dijo Waze.

 

Llegué a Yuma, Arizona, y me recibió Mia con una mesa lista para cenar, dejándome saber que todo estaba bien, que familia había en toda casa donde estaba un amigo y que, por hoy, ¡había llegado a casa! Dos noches en que pensé que serían vividas en un lugar sin encanto, más allá del amor de mi querida amiga, se convirtieron en cinco noches maravillosas de descubrimientos incompletos, dejándome razones para volver allí y explorar. Yuma me dio la primera lección de mi viaje: no hay lugares sin encanto y cada rincón de esta tierra, como cada persona de este mundo, tiene un regalo, una historia, y una magia que compartir.

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