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Goa: el baby Bali que hay al sur de India

Goa Beach Ileana Simancas
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Cuando digo que India tiene mil caras, no exagero. Podría pasarme la vida creando experiencias solo por este país y la verdad tardaría muchos años antes de agotar mis ideas. De hecho, muy poco sabía que era posible hasta encontrar un “baby Bali” dentro de su territorio.

A veces la vida sabe más sobre nosotras que nosotras mismas

Un día, mientras desayunaba en un Airbnb donde generalmente me quedo en Delhi, una chica que también se hospedaba allí, me contó de esta playa maravillosa en el sur de India, Goa: una con el alma de la conocida Arambol, pero menos concurrida y, por consiguiente, más tranquila y hermosa. Al rato de conversar, esta canadiense, que resultó ser una famosa bloguera de viajes, me convenció sin retorno de que mis planes deben ser re-direccionados allí. 

Como mi hermana venía pronto a viajar conmigo, y teníamos 5 días que no sabíamos aún a dónde ir, me dije: “Perfecto, yo no soy de mar, pero seguro a ella le gustarán unos días de playa”. Le conté el plan y me recordó: “pero hermana, ¿se te olvida que a mí tampoco me gusta la playa?”… “Ah caramba, si a ninguna de las dos nos gusta la playa, ¿qué vamos a hacer allí?” … Pero como ya los pasajes estaban comprados y el hotel reservado, no tocó más que ir… Días antes de partir una amiga venezolana me dijo que otra compatriota y amiga de ella vivía en Goa, que tenía algún tipo de hospedaje ecológico y que sin duda debía conocerla. Enseguida me puso en contacto con Cristina y ella no tardó en responder. Quedamos en vernos a mi llegada en un lugar llamado “The Tribe”. 

Grazziela y yo no queríamos ir. Cuatro días después no queríamos regresar jamás a la dura realidad fuera de esas arenas color caramelo y ese mar que parece una piscina de mashmellows… Ni siquiera sé a qué le debo esa descripción porque no es ni blanco ni dulce, pero de alguna manera se siente así. Las gatas no salieron del agua por cuatro días. Montamos moto, caminamos, exploramos, vimos atardeceres y comimos el mejor pescado del día, noche tras noche, frente al mar. Dormimos en palafitos arrulladas por el sonido de las olas, que nos recordaban los viajes de la infancia a la playa. Otro secreto de nuestra amiga la bloguera. 

Nota mental: nadie te va a llevar a Agonda Beach

…(No, no está en tus libros de turismo y hasta podría decir que ni siquiera aún en la ruta mochilera. Con suerte algo saldrá en el Lonely Planet, y quizá consigas alguno de sus hoteles en Trip Advisor, pero sin duda Agonda no es el primer lugar que te va a recomendar alguien para que visites. Al menos, claro está, que seas una bloguera de viaje que se especializa en India ―a la cual no le gusta hablar mucho del lugar para que no lo corrompan―, o decidas viajar conmigo y yo te lleve a mi secreto, a mi playa, a mi paraíso indio, mi pequeño Bali sin salir de India)… 

Al fin llegamos a la tribu

Conseguimos un profe de yoga que se volvió nuestro guía turístico y amigo, y terminó siendo cuate de Cristina, a quien por torpeza de la vida no conocimos sino hasta el último día y por él. Su lugar parecía sacado de un documental de perdidos en la tribu, de comuna de los 60 pero con visión del 2030. Cristina, una niña de ciudad, de familia, de estudios, traje y tacos, ahora andaba de mujer de negocios, pero de la nueva era, sin zapatos, despeinada y sonriente. Rodeada de perros, vacas ―y sí, también otras criaturas del monte menos amenas―, con un proyecto de vida, de arte, de arquitectura, y de ecología que te quedas en una pieza. Y es que de verdad es difícil de creer que 4 niñas de su casa un día se cruzaron en India, se quitaron la “alcurnia” y comenzaron a forjar sus sueños de la nada… de la tierra… como Dios. 

Las vacas en la playa me daban los buenos días en la mañana mientras meditaba en el amanecer. Los perros me adoptaban y me daban amor. Los cafecitos del pueblo me recordaban mi casa en Bali, tanto que hay uno que de hecho sí está en mi ciudad. Me crucé con una escuela de yoga que es todo un pequeño pueblo, con de todo un mundo de cursos por estudiar mientras ves el mar. Y así, sin más, supimos que este sería un lugar a donde tendríamos que volver, mucho más que una vez. 

Acompáñame a recuperar ese pedazo de corazón que se me quedó en GOA

Solo lo que toca mi corazón comparto, y todavía hay un pedazo de él que se quedó perdido debajo de alguna roca en el mar, o la selva, y me tienes que acompañar a encontrarlo.  

Es por eso que este febrero, del 11 al 26, después de días de retiro en el Himalaya cambiaremos el Ganges por el Mar Índico, escapando del frío, para absorber lo aprendido, descansar del ruido y purificarnos con el agua salada y el sol, mientras seguimos nuestra práctica de yoga, ahora con una nueva vista. Vamos a conocer cómo se vive en la selva, cómo se crea de la nada, como de verdad cada uno de nosotros podría llegar a ser completamente sustentable si la tierra nos manda a todos por un tubo por lo que le estamos haciendo. 

 

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